La Iglesia, como la Diócesis de Loja, es la primera responsable de formar a los fieles en la fe y en la caridad. Del mismo modo indicaba la Exhortación Apostólica Christifideles Laici n. 61: “La Iglesia madre está llamada a tomar parte en la acción educadora divina, bien en sí misma, bien en sus distintas articulaciones y manifestaciones. Así es como los fieles laicos son formados por la Iglesia y en la Iglesia, en una recíproca comunión y colaboración de todos sus miembros: sacerdotes, religiosos y fieles laicos. Así la entera comunidad eclesial, en sus diversos miembros, recibe la fecundidad del Espíritu y coopera con ella activamente. En tal sentido Metodio de Olimpo escribía: "Los imperfectos (...) son llevados y formados, como en las entrañas de una madre, por los más perfectos hasta que sean engendrados y alumbrados a la grandeza y belleza de la virtud"; como ocurrió con Pablo, llevado e introducido en la Iglesia por los perfectos (en la persona de Ananías), y después convertido a su vez en perfecto y fecundo en tantos hijos”. 

Para aquellos laicos que la Iglesia forma les recuerda la invitación del Señor a evangelizar (Mt 28, 19-20; cfr. CIC n. 211) en sus ambientes en los que viven, “particularmente, a hacer presente y operante a la Iglesia en los lugares y condiciones donde ella no puede ser sal de la tierra si no es a través de ellos” (LG n. 33). Vale mencionar que la evangelización no deben hacerla al margen de la jerarquía sino, en fidelidad al Señor y a la Iglesia, deben hacerla en coordinación: “han de ser formados para vivir aquella unidad con la que está marcado su mismo ser de miembros de la Iglesia y de ciudadanos de la sociedad humana (CL n. 59).

Ahora, para una eficiente evangelización amerita una esperada formación bíblica (DV n.  25) y teológica con todo lo que la Iglesia puede ofrecer. Una formación que pueda alcanzar, incluso, el mismo nivel de formación que sus ministros consagrados (cfr. CIC n. 218). Juan Pablo II nos indica que la formación no es el privilegio de algunos, sino un derecho y un deber de todos (CL n. 63). La formación integral y permanente, que está muy unida al acto de fe, se presenta como una necesidad (CL n. 57). Frente al mundo y sus graves y complejos problemas, “se revela hoy cada vez más urgente la formación doctrinal de los fieles laicos, no sólo por el natural dinamismo de profundización de su fe, sino también por la exigencia de "dar razón de la esperanza" que hay en ellos” (CL n. 60).

Pero, estas razones sobre la fe deben sostenerse con coherencia de vida, es decir, que la formación abarque todos los aspectos de la persona en comunión con Jesucristo. Algo parecido expresaba el Papa Peregrino: en la existencia cristiana “no puede haber dos vidas paralelas: por una parte, la denominada vida "espiritual", con sus valores y exigencias; y por otra, la denominada vida "secular", es decir, la vida de familia, del trabajo, de las relaciones sociales, del compromiso político y de la cultura (CL n. 59; cfr. CIC n. 210).

Por tanto, sintiendo con la Iglesia el mandato de Jesucristo, la Pastoral Bíblica se compromete a facilitar la formación de los futuros líderes para la implantación del Reino de Dios. La formación que se pretende ofrecer es holística, dicho de otro modo, presentar un solo pensum de estudios gradual que contenga: primero Biblia y segundo Teología. Ante esto, los Padres Conciliares ven conveniente que la teología debe apoyarse en las Sagradas Escrituras: “la Sagrada Teología se apoya, como en cimiento perpetuo, en la palabra escrita de Dios al mismo tiempo que en la Sagrada Tradición, y con ella se robustece firmemente y se rejuvenece continuamente, investigando a la luz de la fe toda la verdad contenida en el misterio de Cristo. Las Sagradas Escrituras contienen la palabra de Dios y, por ser inspiradas, son en verdad palabra de Dios; por consiguiente, el estudio de la Sagrada Escritura ha de ser como el alma de la Sagrada Teología” (DV n. 24).

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